lunes, 9 de febrero de 2009

Bajo el cielo infinito (Mar de Loksli)



Mi compañero es un enamorado del viejo continente africano. Cada año, desde hace ocho, cualquier oportunidad le es buena para viajar a esta tierra. África le ha ido envolviendo poco a poco y le ha terminado por hechizar. Éste era mi primer viaje a África; para él era importante. Primero, porque esperaba que África también me cautivara; segundo, porque no estaba seguro de mi resistencia (aún cree que soy una frágil mujer). Nuestro objetivo era el Magreb (reino de Marruecos). No era un viaje propiamente turístico, era una expedición: recorrer cientos de kilómetros en coche, llegar a lugares donde no llegan autocares, dormir bajo las estrellas en el desierto, sufrir calores por encima de los cuarenta grados, tragar polvo y más polvo... y recorrer el infinito.

Yo, por el contrario, me encontraba serena y confiada. No llevaba ninguna idea preconcebida y, a mi lado, iba todo un bagaje de experiencia. Por otra parte, no viajábamos solos; la expedición la componíamos catorce personas (dos por coche).

Fue impresionante ver en el puerto de Almería la colección de todo-terrenos, motos y camiones que se alineaban para el embarque. Una vez en el barco, mientras recorría los pasillos sorteaba los cuerpos y piernas de los magrebíes que, ajenos a nuestra excitación y al olor asfixiante de las salas abarrotadas, dormían tumbados en el suelo, al arrullo de los motores. A mi me costó mucho más dormir. Metida en aquel minúsculo camarote, pensaba en las ocho horas de travesía que nos quedaban para comenzar nuestra andadura africana, y en una amenaza que latía entre esas cuatro paredes: nos cortarían el oxigeno del camarote en cuanto cayéramos en el sueño más profundo.

Cuando pisamos el suelo africano, en Nador, nada preludia lo que veré, gozaré o sufriré en Marrecos pues los primeros momentos son aburridos en la aduana, cambiando dinero, controlando los vehículos, interminables paseos y papeleos; un solo ordenador para cientos, a veces miles, de aventureros, turistas, viajeros… Una inspección en el coche, puede que dos.
-¿Algo que declarar? ¿Emisora de radio? ¿Pistolas…?
Las construcciones son de adobe y de estructuras sin imaginación. La sensación es de suciedad y espacio destartalado.

Poco a poco nos vamos adentrando por las carreteras. Se divisan las montañas del Atlas con sus picos nevados y vamos acogiendo, sin acritud, al que será nuestro compañero incondicional durante todo el viaje: el polvo del camino.

Se suceden los kilómetros. Cientos de kilómetros en absoluto tediosos. Todo es nuevo y extraordinario: lo más curioso para mi son los niños, hay niños siempre. Donde “nada” hay, brotan los niños corriendo descalzos. Aparecen junto al coche, a veces convirtiéndose en un auténtico peligro pues debes maniobrar con pericia para evitar pasar las ruedas sobre ellos. Se colocan en las márgenes de la pista pidiéndonos tabaco, agua, comida, caramelos… Miro, sin apenas parpadear, por las seis ventanillas. Los copilotos de los otros coches son auténticos Reyes Magos, repartiendo camisetas, bolígrafos, dulces, zapatos. No es su primer viaje, esto se lo sabían. ¿Por qué no me ha prevenido FRAN? Pero él está mascullando, mientras maniobra intentando no atropellar a dos chiquitines que apenas saben pedir.
- Los hemos convertido en pedigüeños…

Entre horda y horda de niños se suceden los espacios infinitos, abiertos, sin horizonte. Los rebaños de camellos, los oasis y los espejismos que nos hacen sonreír. Agrestes montañas, donde no sabes cómo has podido llegar. Pero allí, inexplicablemente, también hay vida… surge una haima, grande, negra y vieja en la que, por increíble que parezca, vive gente. Al ruido de los motores salen con las sonrisas blancas, algunas desdentadas, a saludar. Bajamos de los coches. Mis compañeras regalan ropa, caramelos… y esa familia pobre de necesidad, que vive encima de una montaña seca y pedregosa en la nada, saca de su ajada tienda viejos vasos y tetera de dudosa higiene, y nos ofrecen allí, en el suelo, un té caliente y un pan ácimo (es mejor no cuestionarse si el agua se hirvió o no). Miro de reojo a mi compañero, no me informó; no le reprocho, pero ellos me ofrecen lo que tienen y yo no ofrezco nada.

Después del té mis compañeros sacan más regalos, alguien exhibe la cámara de fotos e intenta hacer una foto a las jóvenes, pero ellas se lo impiden y les piden dinero a cambio. Nos subimos a los coches y una joven se me acerca a la ventanilla con la mano extendida.
-No tengo nada- le digo como si me entendiera. Ella sigue sonriendo con la mano extendida. Me quito la camiseta que llevo puesta, quedándome sólo con el sujetador y se la entrego. Detecto un destello de triunfo en su mirada. Yo no sé que siento. Estamos ya en marcha. Doy un beso en la mejilla a FRAN; ahora comprendo lo que me decía: “nuestra caridad no dignifica a este pueblo”.


A partir de entonces mi mirada ha madurado, va más lejos. Observo los saludos y sonrisas anhelantes de los niños a nuestro paso, la mayoría sin calor. Igualmente observo algunos gestos de burla y desprecio cuando nada les damos y creen que ya no les vemos. Algún coche debe esquivar la piedra lanzada contra el parabrisas.

Las horas se suceden y los kilómetros se multiplican. El grupo no pierde el humor y las ganas de aventura. Las emisoras echan humo. A través de sus ondas, con el desparpajo de unos y el relato de las experiencias compartidas, se va cohesionando el grupo de los catorce. Percibo una corriente, un código secreto entre los que ya son veteranos en el desierto y me pregunto qué tienen las dunas que todos las temen pero no pueden pasar por esta tierra sin atravesarlas.

Según mi FRAN, para el buen amante del todo-terreno existen tres elementos básicos a los que no se puede resistir, a saber: barro, nieve y arena. Pero de estos tres, sin duda, la arena, las dunas, son las que más pasiones levantan.
Al cruzarlas, se experimenta tal sensación de levedad ante su grandeza, de respeto ante su imprevisibilidad y una descarga de adrenalina tal, que equivale a montar en la montaña rusa más salvaje del mundo.

Si los conductores más avezados se han mostrado tranquilos en todo el devenir del viaje, por duros e inhóspitos que hayan sido los terrenos atravesados, la sola vista de las dunas, algunas de varios metros de altura, con caras verticales como cortadas a cuchillo, con trampas de arena capaces de tragarse un coche grande y, lo peor, los temidos VUELCOS, consiguen que se les acelere el corazón.

Antes de adentrarnos en los mares de arena, que siempre preceden a las dunas, bajamos las presiones de las ruedas hasta menos de un Kilo y nos reunimos para diseñar la estrategia. Es como una batalla contra la arena y todos los coches debemos actuar con la precisión de un viejo reloj suizo: el más experimentado abre camino y los demás deben seguirlo exactamente, pero dejando una distancia de al menos dos dunas entre coche y coche. Evitaremos así frenazos indeseados y peligrosas colisiones al abordar altas dunas sin visibilidad de lo que nos espera al otro lado.

El paso por las dunas es toda una peripecia. Es un duelo entre coche y arena. El coche penetrará en el mar de arena y ésta intentará atraparlo, tragarlo.

Contemplo la hilera de los siete coches frente a las dunas. Regla número uno, bajar la presión de las ruedas. Los coches rugen, y por unanimidad tácita reconocen a mi FRAN como el que encabezará el ataque. Me empiezo a poner nerviosa pues siento que algo grande y, puede que peligroso, va a ocurrir.

¡Nuestro coche va a ser el primero! Es lo más peligroso puesto que hemos de decidir el camino a seguir y elegir el paso entre dunas o atacarlas sin poder ver lo que hay al otro lado. La mayoría de las dunas tienen una cara cortada, casi vertical, la del lado norte, que hay que evitar. La razón es sencilla: avanzas y te encuentras una duna de 4 ó 5 metros y la encaras con energía para que el coche pueda vencer la resistencia al avance que ejerce la arena; el coche sube la pendiente casi vertical y, en ese momento, pierdes la orientación de la duna porque sólo ves el cielo. Aún así, tienes que tener la perspectiva de la cresta de la duna para dejar de acelerar (no frenar) antes de saltar al otro lado y poder ver si es practicable por la otra cara o el descenso es vertical, con el posible riesgo de vuelco. Son decisiones de décimas de segundo que pueden significar serios daños para el coche y los ocupantes y el final de un viaje feliz.

Abrimos la marcha, culminamos las primeras dunas con decisión. Me agarro todo lo fuerte que puedo. Por la emisora se oyen exclamaciones y exabruptos. Un coche queda rezagado, no encuentra cauce para seguirnos. Otro ha estado a punto de volcar, ha quedado atascado y no puede salir. Paramos y vamos todos con palas al rescate.

Delante de nosotros asoma la Gran Duna… esta vez no se afrontará, no estamos preparados para ello, pero si otra cercana y no menos espectacular. Los siete coches se paran en la cresta de la anterior. Se me ha olvidado respirar. Miro con preocupación a FRAN, no sé qué pensamientos le recorren. Confío en él. Acelera y sube la duna… hasta la mitad. Allí el coche se para, no puede continuar y retrocede el camino recorrido. Desde arriba todos observan. FRAN les dice por la emisora que lo intentará de nuevo por otro lado. Los demás le siguen. Sé que no puedo hablar, es la mejor manera de ayudar. Nuestro coche embiste y ataca ciego de coraje la pendiente imposible, pero cuando llegamos a su cresta FRAN intuye y frena a tiempo. El coche en equilibrio entre una y otra cara ofrece un espectáculo escalofriante. El cortado de la duna es totalmente perpendicular. Un metro más y hubiéramos caído por el precipicio sin remisión. FRAN avisa a tiempo al resto, que ya han comenzado a subir. Operación abortada.
Los coches se atascan; acelerones, nervios... Los problemas que surgen lo solventamos entre todos. Todos a una, como FUENTEOVEJUNA. Los compañeros comentan con admiración el espectáculo que ofrecía nuestro coche en la cresta de la duna, pero no tienen ni idea lo que estos ojos han visto y lo que este corazón ha vivido.

Al final del día, la recompensa de la noche… en el desierto, bajo un cielo infinito cuajado de estrellas, duermo junto a mi compañero, a la intemperie, a miles de kilómetros de mi hogar. Siento la arena bajo mi cuerpo y un último pensamiento me lleva hacia el sueño profundo y sereno. ¿Quién me puede decir que esta tierra que se me ofrece como lecho, es extraña, extranjera o enemiga? La tierra no pertenece a nadie… y nos pertenece a todos.

5 comentarios:

Abe dijo...

¡¡buffff!! Fran el comentario que te han colado por desgracia no será el último de un bombardeo sin sentido.
Mar yo recuerdo un viaje con Fran a Africa, uf espera que coloqué de otro lado es la costilla resentida...
Besos y abrazos.

superop dijo...

Mar, lo siento... nunca debí de dejarle el Suzukito(Jabato, para mas señas)a Fran...

Creo que el asunto se nos fue de las manos, y ahora ya no tiene remedio...

¡Besicos y abracicos!

Franloksli dijo...

Querido Super, gracias por tus magnánimas palabras, capullete. La verdad es que Abe y tú, cada uno a su manera, sois los auténticos culpables de esta fiebre que me consume (y también mi cuenta corriente). Os quiero, perillanes

Esther dijo...

Suena muy apasionante. Me imagino en esa misma situación y lo que sí habría conseguido es un mega sarpullido en el cuello con esas altas temperaturas, además agravado gracias a la arensica que se metería en las grietas de la piel. Masticando arena todo el día,... vamos el súmmum de la felicidad.
Superop, efectivamente, ayudastes a crear un monstruo y además es adicto a las dunas. Fran, ¡vaya vicio que tienes! Besotes guapetón, eres único. Esther.

Ire and Silence dijo...

Me muero por vivir algo así. Es una maravilla todo lo narrado.
Niños, dunas, desierto, kilómetros, Magreb... Buf! Qué pasada!