martes, 7 de abril de 2009

500 Kms. en la caja de una Pick-up



Durante nuestro viaje de ayuda humanitaria a Mauritania, el último verano, tomamos la decisión de volcar nuestros esfuerzos en el Orfanato que la ONG mauritana NAD intentaba sacar adelante en Nouadhibou.

A las 6:00 de la mañana del miércoles 5 de marzo aún no había amanecido en Nouadhibou. Los tres compañeros esperábamos, sentados en la escalinata del desierto hotel Aljazira la llegada del mauritano que, generosamente, se había brindado a trasladarnos a Nouakchott en su automóvil.
La noche anterior había sido larga: nuestros anfitriones quisieron rendirnos un pequeño homenaje de despedida y habían preparado una fiesta en nuestro honor. Al ágape asistieron diferentes personalidades de la ciudad que nos fueron presentadas, una a una, ante nuestra mirada cohibida. Recuerdo, entre otras personas, al inspector de policía, el diputado de la ciudad, el director de la escuela pública, el padre Jerome, la misionera Mme. Wong y el presidente de la ONG “SOS Pairs Educateurs”.
Nos prepararon una suculenta cena que, aunque modesta, su presentación y buen hacer la convertía en un banquete de dioses; nos deleitaron con una obra de teatro en la que, para nuestra sorpresa, introdujeron a Amigos x Africa entre sus protagonistas. La velada fue deliciosa, imborrable, y ni por un momento el pensamiento de lo que nos esperaba al día siguiente enturbió la reunión.
La realidad es que nos habíamos quedado atrapados en Nouadhibou. El aeropuerto lo cerraron a cal y canto el mismo día que aterrizamos,”por obras”, nos dijeron despreocupadamente. ¡África es así!... Los billetes reservados para la vuelta no tenían validez alguna. El delegado de la compañía aérea con la que viajamos nos lo confirmó: o salíamos de Mauritania por carretera, en un coche alquilado hasta la costa marroquí y desde allí embarcar con dirección a Canarias o viajar por carretera a Nouakchott (500Kms) y allí intentar coger un vuelo a Canarias. La primera idea fue desechada casi al momento, pese a que Jordi la acarició durante breves instantes. Un grupo de Guardias Civiles destinados en esta ciudad, que coincidieron con nosotros comiendo en “El Hogar Canario”, nos advirtieron: las carreteras no son muy fiables y menos para tres europeos. Además, había que añadir la fiabilidad, más bien nula, del automóvil que alquiláramos.
En esta tesitura, nos encontramos discutiendo con el agente de nuestra compañía aérea y con el Cónsul español en la pequeña oficina de aquélla, cuando apareció un mauritano, Mafood, con su cliente español. El miércoles también ellos viajarían a Nouakchott para coger el avión rumbo a Canarias. Es cierto que tenían poco espacio, pues serían cuatro dentro del vehículo, “pero se hace hueco”, dijo Mafood. Entre sonrisas, agradecimientos y apretones de manos nos despedimos hasta el miércoles a las 6:00, hora en la que nos recogería nuestro buen samaritano en la puerta del hotel e iniciaríamos el viaje de regreso a casa.
A partir de entonces procuramos olvidarnos de nuestra verdadera situación. Tan sólo disponíamos de tres días para cumplir con nuestro objetivo, esto es, observar, estudiar, recoger e informar sobre el orfanato “ONG Nourricerie Aichetu Diallo” y sus objetivos: recuperación de los recién nacidos y abandonados, reinserción de los niños de la calle y lucha contra la pobreza y analfabetismo. Si este viaje diera los resultados deseados en cuanto a la calidad y honestidad del trabajo que se está haciendo por parte de la gente que lo dirige (ONG NAD), éste podría convertirse en el proyecto y objetivo principal de Amigos x Africa a corto y medio plazo.
Fueron tres días inolvidables y agotadores, los miembros de NAD se derramaron con nosotros; hasta alquilaron un viejo Mercedes desvencijado con el que organizaron las distintas visitas que hicimos en su campo de acción y colaboradores. En cada trayecto el viejo hierro, o bien perdía el tapacubos o el tubo de escape, o bien pinchaba o se atascaban las puertas. Quizá por todo esto los momentos fueron entrañables e intensos… Poco a poco íbamos introduciéndonos en el devenir cotidiano de nuestro orfanato: visita a los terrenos del nuevo en fase de construcción, a las distintas escuelas donde estudian nuestros niños y contacto con los distintos colaboradores (ONG, misiones…). Los tres compañeros éramos esponjas: captábamos toda la información posible y la poníamos en común en el escaso tiempo libre que nos quedaba. No hacíamos mención al regreso, todo estaba organizado, hablado y sellado, ¿no?
Y efectivamente, a las 6:05 del miércoles apareció la pick-up de Mafood. Cuatro de las cinco plazas interiores estaban ocupadas y el equipaje de sus ocupantes disperso por la caja abierta del vehículo. Estaba claro, el destino de nosotros tres era la caja, junto al equipaje de ellos y el nuestro (unos diez bultos en total). Creo que el alivio que sentimos al ver que se hacía realidad la salida de Nouadhibou y la cercanía de nuestro hogar nubló nuestro entendimiento, pues lo cierto es que uno de nosotros podía viajar cómodamente en el interior, e incluso podíamos turnarnos, pero el quijote que llevamos dentro impidió que uno de los tres fuera el primero en gozar de esas mieles. Nos era impensable, a cada uno, viajar cómodamente mientras los otros dos compañeros sufrían las inclemencias del viaje. Nuestras bocas se cerraron y nuestro ánimo, dibujado en el rostro, no admitía duda: “Todos a una, como Fuenteovejuna”.
Y así, de esta manera, los tres compañeros sufrimos por igual, lo que otro temperamento o carácter hubiera resuelto de manera más benévola para nuestro sufrido cuerpo.
El aire frío de la madrugada hizo que nos apretujáramos unos contra otros y los tres contra el equipaje. Los tres compañeros íbamos con apenas una chaquetilla. La velocidad de la pick-up y la intemperie nos hacía tener la sensación de estar a bajo cero. Apenas nos podíamos cubrir con los velos que nos regalaron en la fiesta que, por otra parte, no conseguíamos domar a nuestro antojo por culpa del violento aire.
Del primer tercio del viaje recuerdo la oscuridad del paisaje y el frío inmisericorde que nada podía remediar. Poco a poco amanecía; las aceleraciones y la cuestionable amortiguación de la Dongfeng High-Max (pick-up china desconocida en España), machacaba lo justo la espalda y hacía puré las vísceras. No obstante, en el primer descanso del conductor y ante la atenta preocupación de los cuatro ocupantes del interior del vehículo, tuvimos la desvergonzada hipocresía de comentar, sin que se nos notara la tiritera: “está siendo un viaje muy interesante y entretenido”. Sin duda fuimos convincentes, sobre todo por la sonrisa de nuestras caras (éstas eran reales), y es que las llevábamos puestas desde el inicio del viaje congeladas en el rostro.
A medida que nos comíamos los kilómetros la temperatura empezó a subir. Los velos ahora nos protegían la cabeza del implacable sol. El poco espacio no nos permitía estirar las piernas. De vez en cuando teníamos que ponerlas en movimiento para comprobar que aún eran parte de nuestro cuerpo. Lo peor lo llevaba Jordi, pues su longitud de pierna hacía que llevara las rodillas casi pegadas a la barbilla. Las ranuras antideslizantes de la caja empezaron a incrustarse en nuestros glúteos y rabadillas, consecuencia de lo cual el movimiento de los tres compañeros era un cambio de posición continuo; eso sí, tenía que estar perfectamente sincronizado so pena de desbaratar posiciones y retorcer algún miembro.
“Ya quedan pocos kilómetros”, nos animábamos unos a otros, mientras las gafas de Jordi salían volando hasta el asfalto, quedando allí como tributo. Cuando llegamos a las calles de Nouakchott los relojes de temperatura marcaban 50ºC.
¡Lo habíamos conseguido! Nos dirigimos al aeropuerto intentando enderezar nuestros maltrechos esqueletos, pero aún nos quedaban 16 horas hasta llegar a nuestro destino (Jordi un poco más; es lo que tiene vivir en Barcelona y ser un entusiasta del continente africano). En la aduana sólo les faltó comprobar la marca de nuestra ropa interior. Lo que no pudieron detectar fue la preciosa información que nos traíamos y que servirá para iniciar uno de los más ambiciosos proyectos que Amigos x Africa acometerá de inmediato: la construcción de un orfanato para los niños más desfavorecidos de Nouadhibou; niños y niñas cuyas caras traíamos retratadas en nuestra piel.
MAR

2 comentarios:

Ire and Silence dijo...

Qué grata la idea del orfanato. Sois todo un ejemplo a seguir.
Me encantaría formar parte de todo vuestro proyecto. Viajar allí, colaborar, sería feliz ayudandoa los desfavorecidos, más en un país así. Ahora que ya conozco algo de África, yo también, sobre todo en ciertas zonas, me he acabado enamorando.

Ya puedes empezar a leer mi crónica de Marruecos, promete ser interesante, aunque no más que todo lo allí ocurrido y vivido. Eso nunca, claro.


Un besazo Fran, eres grande.
Agur!

Franloksli dijo...

Gracias, Silence. Yo también acabo de regresar de pasar cuatro días en Marruecos y corro a leer tu crónica.
Un besazo, querida compañera de montañas y de África.

Fran